La masacre empezó así. Era el año 1936, mes de marzo en Oberá, Misiones. Hace algunos años ya los inmigrantes habían llegado desde Polonia, Ucrania, Rusia y los países nórdicos. Se dedicaban mayormente a trabajar la tierra, importante porque alimenta a la población, denigrante por el pago, esforzado por la manera de trabajar.
Eran colonos, algunos vivían en Oberá y otros en colonias aledañas como Samambaya, Los Helechos, Ameghino, Campo Viera y Guaraní. La vida del colono era dura. Sobre todo cuando no se le pagaba lo que su trabajo valía, cuando se lo menospreciaba, no se lo tenía en cuenta, y se aprovechaban de él.
¿Qué pasó ese domingo 15?
Para darle un contexto histórico a lo que estaba pasando, debemos aclarar que no eran buenas épocas para las personas que se dedicaban a plantaciones de té, tabaco y la yerba mate. Sucedía que había impuestos muy altos, sequías muy fuertes, y una serie de irregularidades a la hora de dar precio a los productos de los colonos. Fue así que el malestar se acrecentaba, y se decidió marchar hasta Oberá para pedir la mejoría de la situación, y sobre todo un aumento en los precios de los productos que vendían los colonos. Según los relatos, ellos se prepararon, se pusieron su mejor ropa, y con sus mujeres e hijos decidieron ir caminando hasta la Capital del Monte. Era una protesta agraria, pacífica y con ganas de mejorar la manera de vivir. Alzar la voz era necesario. Se llamó a esa protesta “La Masacre de Oberá”.

PhotoCredit: Aldana Reneé Castelli
Al medio día del domingo, se fueron los colonos y sus familias que eran entre 400 y 600, bajo el sol de marzo en Misiones, caminando hasta Oberá.
Unos días antes del domingo 15, la policía había “advertido” al pueblo obereño sobre un supuesto ataque de colonos comunistas, del cual se deberían defender. Inventaron enemigos para justificar la violencia y la injusticia.
Cuando llegaron pidiendo lo justo y encontraron masacre
Grande fue el miedo y la sorpresa cuando se vieron inmersos en una emboscada tendida por la policía de Oberá, a cargo de el comisario Leonardo Berón, que había pedido refuerzos de otras localidades e incluso vecinos que se sumaron a la barbarie.
El comisario se encargó de divulgar entre la población que esos colonos querían saquear Oberá, matar a sus pobladores e inclusive prender fuego el pueblo. Se generó una alarma colectiva, donde la gente voluntariamente se ofrecía a parar a éstos “salvajes” colonos que solo querían comer bien, y vivir mejor.

PhotoCredit: Aldana Reneé Castelli
La policía recibió a los inmigrantes trabajadores de la tierra ese domingo con balazos y golpes. Los colonos se empezaron a separar y tratar de esconderse en el monte, o donde encontraran refugio, la policía los persiguió por todo el pueblo. Esta cacería duró varias horas. Pero no terminó ahí.
Los colonos estuvieron escondidos en el monte durante días, el miedo que tenían era abismal. Se empezaron a contabilizar los muertos, las violaciones, los desaparecidos. Nunca se supo con exactitud la cantidad de muertos. La policía los iban a buscar a sus propias casas en la chacra. Para seguir reprimiendo. Parece que les querían hacer entender que no podían vivir mejor. Lujo que no le corresponde al colono.
Al olvido de la historia oficial, la memoria oral del pueblo
Mover lo que está quieto a veces implica riesgos. Luchar por lo justo, y por la memoria también. En su libro “La Masacre de Oberá” (2002), Silvia Waskiewicz hace una investigación que sacaría de las penumbras del olvido a la historia de estos colonos. Luego de ella siguieron otros, en el 2011 Lucho Bernal dirigió “Quieta non movere“, un cortometraje contado por los protagonistas donde participó el grupo de teatro comunitario “La Murga del Monte”. También el docente e investigador Guillermo Castiglioni escribió “Pedimos pan y nos dieron balas” (2018), entre otros.
Waskiewicz dice, en su libro “…la insana actitud de esconder debajo de la alfombra, conlleva la peor actitud de intentar silenciar los hechos por vía de la condena a los mensajeros, que nos enfrentan al pasado, para que podamos enfrentar, mejor el presente…” Recordemos, para no repetir.
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